viernes, 9 de marzo de 2018

El coche teledirigido

Hola, viajeros interplanetarios.

Me gustaría haber subido esto ayer pero no tuve tiempo, aunque creo que estas cosas no pierden su valor por subirse un día u otro. Ayer fue 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y con motivo de este se organizó un concurso de relatos en mi pueblo con temática reivindicativa. A mí siempre me ha tocado mucho la moral el machismo y los estereotipos que hay con respecto a los hombres y mujeres, del tipo ''el fútbol es un juego de niños'' o ''a las niñas les gusta el rosa y a los niños les gusta el azul''.

El relato que presenté al concurso está titulado ''El coche teledirigido'' y habla justamente de estos estereotipos que tanto me molestan y que tan excluyentes pueden llegar a ser. Gané el primer premio de mi categoría y lo cierto es que estoy orgullosa de él, así que espero que os guste.

Feliz Día de la Mujer (aunque con retraso).

El coche teledirigido
Una muñeca temblaba en el asiento delantero de un coche teledirigido. La pobre insensata no podía impedir que la colocasen frente al volante, y ahora deseaba estar tumbada en la cama de su preciosa casa de juguete.

-Maldita sea-siseó, comprobando que su humana no estaba cerca. Suspiró.

¿Por qué no le había tocado una niña normal, una de esas que compraban ropa y lavaban el pelo a sus muñecas? Stacy se sentía muy halagada por ser la favorita de su dueña, pero envidiaba a aquellos juguetes que dormitaban tranquilos en sus cajones y tenían suficiente energía como para ser libres por la noche. A ella le tocaba dormir mientras todos estaban de fiesta, y no merecía la pena.

Si su niña fuera de otra manera, si no fuera tan...

-¡Stacy, tengo un regalo para ti!-exclamó una voz infantil.

Su dueña, Elena, era una niña de siete años de mirada cándida y rostro pecoso. Sus desdibujados rizos cobrizos parecían jugar con la suave brisa del parque, y sus ojos castaños brillaban con aquella ilusión inocente que Stacy tan bien conocía, tan dulce, tan pura.

La pequeña se inclinó sobre ella con aquellos maravillosos hoyuelos adornando su sonrisa.

-Mira qué chulo-murmuró, mostrándole un diminuto casco de moto. Stacy se imaginó conteniendo la respiración mientras la niña se lo colocaba con extrema delicadeza. Elena aplaudió-. ¡Te queda genial! Además, papá dice que así no te harás pupa-parecía realmente preocupada cuando preguntó:-. ¿Te gusta?

Stacy no podía contestar, pero le asustaba el hecho de que el casco fuera necesario.

Al parecer, Elena había oído un ''sí''.

-¡Me alegro muchísimo!-dijo, y, casi al momento, tenía el mando del coche entre las manos. Stacy deseó poder agarrarse al asiento mientras el vehículo aceleraba y trastabillaba con los ladrillos sobresalientes del sendero del parque. Deseó que aquel casco fuera de verdad para poder saltar de coche en marcha, y que a Elena no le gustase hacer cruzar a sus juguetes entre las zonas de hierba alta...

Chocó contra unas zapatillas llenas de lentejuelas.

-¿Y esto?-murmuró una voz. Stacy sintió vértigo mientras aquel gigante desconocido la alzaba hasta colocarla frente a su nariz respingona. Era una niña rubia que la muñeca no lograba reconocer. Consiguió distinguir el morado de sus uñas, el azul de sus ojos.

-¡Es mío!-gritó Elena, respirando entrecortadamente. Había ido corriendo hasta allí. Qué mona era.

La niña rubia parecía exultante.

-¡Esta es la de los anuncios!-exclamó. Una chiquilla morena colaboró con ella en la inspección de Stacy.

-Tiene el pelo lleno de tierra-dijo, desdeñosa.

-¡Es mía!-volvió a reclamarla Elena.

-¿Y qué hacía montada en el coche?-gruñó la morena.

-A ella le gusta conducir-se defendió la dueña de Stacy. Esta deseó que fuera cierto.

-El coche es un juguete para niños. A las muñecas no les gusta conducir.

-Eso no es lo que ella me ha dicho.

-Pues estoy segura de que quiere un corte de pelo.

Ójala Stacy hubiera podido retorcerse.

-Tendrías que lavárselo-apuntó su compañera-. Por cierto, ¿no tienes más ropa para ella?

-No le hace falta-gruñó Elena.

Bueno, quizá a Stacy le hubiera gustado tener un vestidito nuevo. Sin embargo, no le apetecía que le cortasen el pelo. Le encantaba tenerlo largo.

La rubia la tiró al suelo, y el casco de Stacy rodó hasta quedarse atascado entre dos ladrillos.

-¡Oye!-dijo Elena, recogiendo a la muñeca del suelo y colocándola contra su pecho. Dios santo, qué cálida era aquella niña.

-¿Esta no es la rara que juega al fútbol?-preguntó la rubia.

-Sí. Vaya pedazo de marimacho-bufó la morena-. Vámonos, Carmen.

Las niñas se marcharon, y Elena se quedó sola, sujetando a Stacy fuertemente. La muñeca sintió como una lágrima helada caía sobre su cabeza.

Aquel día, Elena compró un nuevo vestidito a su muñeca y le lavó el pelo. Sin embargo, aunque eran unos gestos muy bonitos, Stacy sabía que no era lo que Elena quería.

Entonces, deseó estar recorriendo el parque sobre su coche teledirigido, aunque sabía que ya no pasaría. Carmen y la otra niña iban al colegio de su dueña, y, a la mañana siguiente, Elena les enseñó a su impecable muñeca.

La pequeña no volvió a jugar al fútbol en el recreo. Ya no pidió a los niños que le pasasen el balón. Aunque le doliera, si quería que aquellas niñas la aceptasen, tenía que ser como ellas.

Cómo se aburrió Stacy desde entonces. Cómo deseó que Elena hubiera sido ella misma.



Relato ganador del Concurso de relato breve ''María Moliner'' en la categoría de 2º y 3º de la ESO
Por Alejandra Martínez Rodríguez